lunes, 29 de septiembre de 2025

que rápido pasa el tiempo y cuantas cosas se han aprendido en ese tiempo. Pero siempre vuelvo


 Han pasado cinco años desde la última vez que escribí aquí. Puede sonar a abandono, pero la verdad es que nunca dejé de escribir. Lo seguí haciendo en mis libretas, a escondidas, como quien guarda un secreto que no quiere soltar del todo.

Lo que sí me atrapó fueron las redes sociales. Me absorbieron con su inmediatez, con la forma en la que todo parece más rápido, más visible. Allí compartí pedacitos de mi vida, y si me sigues en Instagram seguro que sabes —a medias, no del todo— por lo que he pasado. Pero la libreta siempre estuvo conmigo, resistiendo, esperando este momento.

Hoy vuelvo aquí, con ganas de darle espacio otra vez a las palabras largas, a las historias que no caben en un post ni en un reel. Porque este rincón nunca dejó de ser mío, y ahora siento que también puede volver a ser tuyo.

La pandemia nos mostró muchas mentiras, pero también nos obligó a parar. Y en ese silencio descubrí algo: que a veces detenerse es la oportunidad para escucharse de verdad. Fue un proceso muy revolucionario para mí y para nada fue un camino sencillo, pero sí fue el inicio de decir basta y de sacar el coraje que llevaba guardado.

Dejé atrás el lugar que me consumía, donde me iba apagando poco a poco, mi pueblo. Y aunque no tuvo a posteriori un final feliz si fue un salto a otras circunstancias épicas, comprendí que romper con lo conocido también es un acto de amor propio y coraje. En ese proceso aparecieron personas que, de una u otra forma, me sacaron de la cueva. Algunas me dejaron cicatrices, otras me enseñaron lo que significa que la familia siempre esté ahí, incluso cuando lo olvidas. Y entendí una lección que tal vez resuene contigo: el dolor más profundo no siempre viene de fuera, muchas veces lo generamos nosotros mismos.

En este proceso que me empujó a salir de mi zona de confort fue destructivo y de evolución para mí todo a la vez. Por medio de un chico que conocí por internet en pleno confinamiento, fue mi trampolín para mudarme a la ciudad y vivir una vida independiente y más autónoma junto a él. No entraré en detalles, pero la relación fue como una película romántica con momentos de maltrato psicológico, en un momento de mi vida donde solo yo tiraba del barco donde nos estábamos hundiendo él y yo. Pero no tanto por eso decidimos irnos a la península, sino porque yo, en mi interior, me sentía como la destrucción de mi familia, así que no era un cambio para buscar nuevas oportunidades, fue una huida en toda regla para escapar de sentir la vergüenza y culpabilidad hacia mi familia por haberles hecho pasar unos hechos que pasaron los límites de su sufrimiento.

Solo duré en la península dos o tres meses. Me era duro su clima tan frío y la relación iba peor a pesar de estar en otro lugar y otras circunstancias. Así que, sin dar más detalle, la relación se acabó, yo volviendo a mi isla, no sin la ayuda de mis padres que literalmente fueron a buscarme, sino que entré en un momento álgido de la supuesta enfermedad que me llevó a entrar en el hospital. Los médicos se dieron cuenta de que tenía covid, así que pasé directamente a la planta covid, alegando que tenía la carga viral demasiado alta y no tenía anticuerpos. Ahí fue cuando, con mis ojos, descubrí que todo era un gran teatro, cuando el médico era el único que se dirigió a mí con EPI para explicarme por qué estaba amarrada de pies a cabeza durante días y días, y cómo los auxiliares que hacían todo esfuerzo por contenerme sin ningún tipo de protección, ni una mísera mascarilla. ¿Sospechoso, no?

Cuando salí del hospital me reencontré con mis objetivos, esos que había dejado cubiertos de polvo. Los abrí poco a poco, aunque la vulnerabilidad a veces me pesara y las palabras que salían de mi mente me hirieran. Aun así, seguí caminando, con el corazón abierto y con unas ganas enormes de volver a empezar.

En el camino aparecieron amores que también fueron maestros. Personas que me mostraron mundos que intuía, pero que aún no comprendía. Algunas veces me sostuvieron, otras veces yo misma los destruí con mi modo de autodestrucción. Quizá también lo hayas vivido: cuando no sabemos cómo amarnos, terminamos dañando lo que amamos afuera.

Y entonces llegó alguien distinto. Una persona con su propio dolor y una coraza que lo hacía difícil de alcanzar. Querer llegar a él era como buscar una puerta que no estaba, pero aun así decidí quedarme. En poco tiempo me enfrentó a mis miedos, a mis inseguridades, y me enseñó que el amor no siempre llega suave; a veces llega como espejo y como desafío.

De todo este recorrido me quedo con algo que quiero compartirte: los demás pueden sostenernos y confrontarnos al mismo tiempo, y las caídas son inevitables. Pero lo que marca la diferencia es no abandonarse. Dentro de cada uno de nosotros hay un hilo, un fuego, que siempre nos empuja a seguir.

Yo sigo cayendo, sigo aprendiendo, pero ya no me abandono. Y aquí es donde quiero invitarte: no esperes al momento perfecto, no te castigues por las veces que tropezaste. Empieza hoy, con lo que tienes y con lo que eres. Porque si algo he aprendido, es que siempre se puede empezar de nuevo.

Muchos abrazos amigos de colores.

Les dejo un poema escrito e interpretado por mi para que sepan que la soledad también puede ser tranquilidad y paz en nosotros mismos.






No hay comentarios:

Publicar un comentario